PRESENTACION DEL LIBRO COLEGIOS UNIVERSITARIOS: UNA ESTRATEGIA PARA LA EDUCACION SUPERIOR

Por el Dr. Emilio Fermin Mignone y Juan Carlos Agulla.

Agosto de 1995.

Habla Mignone:

Como adelantó hace poco Salonia, yo estoy aquí jugando de suplente, porque lamentablemente Alfredo van Gelderen (no sé si está enfermo o asustado, pero parece ser que esto segundo es más probable que lo primero) no se ha decidido a venir. Por esa razón no he escrito. Por esa y porque no sé leer en público: mi lenguaje escrito es muy diferente al lenguaje hablado, de manera que prefiero este último en este tipo de exposiciones. No voy a ser por ello tan formal como Agulla que ha hecho la presentación también de la colección en el marco de la Academia, sino que interesado, cuando pude obtener el libro que salió hace muy poquito, lo pude leer completo, aunque ya conocía alguno de sus textos, recién el viernes, cuando me lo llevaron, y he tomado algunas notas sobre las cuales voy a formular algún tipo de reflexión.

La primera es que yo no puedo en realidad separar, en esta presentación y en este caso, al autor de la obra. Para mí, Alberto Taquini (hijo) constituye una personalidad singular en el escenario argentino, porque casi no conozco, al menos entre mis contemporáneos o cuasi contemporáneos, personas que, como él, dediquen tanto esfuerzo, de una manera realmente libre, generosa y espontánea y sin ningún interés directo, al servicio público o al servicio de los demás. Yo lo conozco siempre en estas patriadas, como un hombre absolutamente libre, que piensa, que dice lo que piensa, que promueve lo que considera útil para el país, sin ser funcionario y aparentemente sin querer serlo, sin, en fin, tener un interés económico detrás y que trabaja de una manera, yo diría, muy singular y muy excepcional, en favor de la sociedad, en favor de la educación, en favor del progreso. Y yo quiero destacar esa circunstancia que a mí siempre me ha llamado la atención: lo he visto a través de diversas etapas, desde la primera vez que me convocara al decanato de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, para explicarme la transferencia de la capital de la República a Río Cuarto, empresa que en este caso no logró plasmarse en ninguna legislación, pero que un poco fue el origen de la institución universitaria que luego allí fundara. Y después todos conocemos, por supuesto, su actuación, su impulso, ese proyecto que expusiera en la provincia de La Rioja en la década del 70; y, en segundo lugar, la enorme tenacidad, la enorme capacidad de trabajo, la enorme capacidad de influir sobre la gente que Taquini le imprime al logro de aquello que considera un objetivo de bien público.

Yo creo que este tipo de conductas, de comportamientos civiles, que no son comunes en nuestro país, al menos en estas épocas un tanto influidas por intereses muy concretos, es interesante destacarlo, porque a través de esos años, que yo recuerde por lo menos, sólo lo he visto en ese fugaz decanato de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (claro, conmigo no podía hablar de bioquímica, de tal manera que hablaba o de la capital en Río Cuarto, o hablaba de las nuevas universidades) y en algún fugaz paso por una inexistente Subsecretaría de Ciencia y Tecnología; es decir, solamente en esas dos circunstancias lo he visto ligado a funciones públicas y, sin embargo, es tal vez uno de los hombres que, sin haber estado en funciones públicas, más ha influido, o tal vez el que más ha influido, en el desarrollo de la educación en la Argentina en las dos últimas décadas y en el lustro que le sigue. Y eso es otra característica muy singular.

Y yo creo que él lo consigue, en gran parte, porque tiene algunas virtudes que yo lamentablemente no siempre comparto, como son las de no hablar mal de nadie, la de enten-derse con todos (yo también tengo un poco esa tendencia a entenderme con todos, tanto que un amigo, un tanto sectario, me llama despectivamente mangia con tutti) y hacerlo a través de los años con una notable persistencia, incluso para dialogar permanentemente con personas, algunas de las cuales están en este lugar, con las cuales comparte alguna de sus posiciones y a veces también critica o ataca vigorosamente, lo cual no le impide (y ese es otro mérito) el mantener ese diálogo, el mantener esa conversación, el llegar a algún tipo de acuerdo.

Dentro, entonces, de esa característica realmente singular, que me hace acordar un poco una frase emocionante del presidente John Fitzgerald Kennedy, cuando decía: «Lo importante no es pensar en lo que el país tiene que hacer o servirnos a cada uno de nosotros, sino lo que nosotros estamos dispuestos a hacer por el país», o aquella otra del Evangelio, ya más antigua, en la cual, varias veces, Jesucristo insiste en que tenemos que venir para servir y no para ser servidos; creo que en este caso se da, efectivamente, una actitud de generosidad desde ese punto de vista, en el sentido de servir al bien público sin esperar ningún tipo de recompensa por lo menos inmediata. No sabemos, por supuesto, aquello que la posteridad le va a deparar, pero yo creo que va a ser bastante.

Antes fue, todos sabemos, aquel impulso para la creación de nuevas universidades; efectivamente, para llevar las universidades al interior del país y como acaba de destacar Agulla, un esfuerzo por asentar a la gente en su lugar de origen, en un esfuerzo por homogeneizar el país y un esfuerzo, también, para lograr el desarrollo cultural. Una cosa equivalente a la que hicieron Sarmiento y Avellaneda, también Mitre en menor medida en el siglo pasado, con la creación de los colegios nacionales y de las escuelas normales en las capitales de provincia. A mí, me pasa que cuando voy a alguna provincia, recuerdo a San Luis en este momento porque estuve hace poco, y uno ve frente a la plaza principal o frente a la casa de gobierno, a la catedral, un enorme edificio que es la escuela normal, o el colegio nacional; y uno piensa la magnitud de ese edificio en relación con lo que pudo haber sido San Luis cuando se construyó ese verdadero monumento; y uno se imagina entonces lo que significaba para San Luis y siguió significando y sigue significando esa escuela normal, ese colegio nacional que tenía esa dignidad, que estaba colocado allí, en la plaza principal de la ciudad, junto a la catedral, junto a la casa de gobierno y frente al club social y frente a instituciones de esa naturaleza, y lo que significó para el desarrollo de la cultura y para los jóvenes de aquella época, muchos de los cuales, como todos sabemos, ingresaron por esa vía al sistema educativo y luego se difundieron por todo el país para llevar adelante su credo pedagógico. Y en alguna medida, esta creación de nuevas universidades tuvo esa misma significación; y ahora parece que Albero Taquini piensa que, pasados los años, como un complemento y siguiendo esa misma huella, los colegios universitarios que preconiza pueden constituir una estrategia del mismo tipo. Por eso me parece adecuado este título del libro: Colegios universitarios: Una estrategia para la educación superior, porque en estas cosas, indudablemente, tenemos que no incurrir en los absolutismos o en la creencia de que existen en cualquier tipo de cosas panaceas, sino en la posibilidad de ofrecer a la nación y a la sociedad estrategias; esta es una de tales estrategias y por eso, adecuadamente, la Ley de Educación Superior, que acaba de sancionarse, la ha recogido y la posibilita como una de las estrategias. Hay algunas otras como la que se ha desarrollado en la Universidad Nacional de Cuyo, aquí está presente el rector, que elogia y critica al mismo tiempo, porque en alguna medida tiende a parecerse a los colegios universitarios, pero no alcanza a ser con la concepción autonómica y de participación comunitaria que él concibe para este tipo de establecimientos.

Por otra parte, Taquini es muy claro. Otra condición: que es muy directo, no es retórico. Y hasta eso lo es en la bibliografía porque si ustedes observan, cuando vean el libro, en la bibliografía en español, salvo un texto de Martorelli, que es una crónica de la creación de la Universidad Nacional de Río Cuarto, y fundamentalmente el libro de Reich, El trabajo de las naciones: Hacia el capitalismo del siglo XXI, sobre el cual voy a decir dos palabras, todos los demás textos de la bibliografía en español son del mismo Taquini, es decir que él con la bibliografía nos está diciendo: «Esto es algo que yo inicié aquí en la Argentina». En fin, pareciera que no se ha encontrado alguna bibliografía del mismo tipo y el resto de la bibliografía, en inglés, se refiere a la creación de esa institución, de la que él también dice muy claramente: «Esta es una institución creada en los Estados Unidos en una determinada época»; y en la página 47 dice claramente: «La propuesta de los colegios universitarios para la Argentina no implica un descubrimiento ni una idea original. La historia comienza el 15 de mayo de 1862 en los Estados Unidos cuando del Departamento de Agricultura dona tierras para la creación de los colleges que, hacia 1880, ya estaban organizados y recibían fondos para la instrucción agrícola y mecánica, el idioma y para ramas de la matemática, las ciencias naturales y económicas. En las últimas tres décadas, la expansión de los community colleges ha sido importantísima en esa nación».

Es decir que él nos está explicando que le importa esta institución nacida en la segunda mitad del siglo XIX en los Estados Unidos, en una época de gran expansión de ese país y de la necesidad también de afincar la universidad en las regiones interiores, y luego la enlaza con los community colleges, que son aquellos colleges, pero son otros, porque son colleges, como después explica y todos sabemos, de menor duración y que pertenecen no ya tanto a las capitales de los antiguos estados de origen agrícola, sino que están vinculados a regiones suburbanas a o localidades mucho más pequeñas.

También se remite en la página 24 al conocido libro de Reich, el actual Secretario de Trabajo de los Estados Unidos, libro que me parece excepcionalmente importante, cuya división de las ocupaciones que nos depara el futuro modestamente yo comparto, aunque me parece que Taquini, no sé, no alcanzo a entender totalmente su juicio cuando habla de la perspectiva del autor en el libro citado. A mi juicio, dice: «está signada por una visión nacionalista norteamericana, tanto de la cultura como de la producción tecnológico-dependiente». Es decir, yo creo que el libro de Reich, o el planteo que Reich hace en relación con el desarrollo de las distintas ocupaciones en el mundo moderno, en este proceso de globalización de la ciencia, la tecnología, el conocimiento, la información y demás, va más allá de una concepción que podría calificarse como excesivamente nacionalista.

Después, Taquini, en un trabajo que es sumamente ilustrativo, analiza la evolución de la demanda laboral desde el punto de vista del proceso demográfico y de las horas de trabajo y demás; creo que es uno de los aportes más valiosos de este trabajo porque no es común que los autores especializados en temas educativos, al mismo tiempo, tengan una solvencia o se acerquen a fuentes como las que él ha consultado para ubicar el proyecto o la estrategia que  propone, en función del desarrollo demográfico y de la posible evolución de la educación, y de la educación superior fundamentalmente.

Pero dice otra cosa y es que todo esto está ligado a la universalización y globalización de la producción, el mercado, las comunicaciones y la cultura; yo agregaría a eso el ecumenismo. Esto es cierto, aunque es cierto también, me parece a mí, que este es el camino o el derrotero que estamos siguiendo, que si bien es cierto que hay un proceso de globalización inevitable y en última instancia deseable; además inevitable, lo inevitable no es ni deseable ni deja de serlo: es porque es. De la cultura, de las comunicaciones, del conocimiento, de lo que ocurre simultáneamente en todos los lugares del planeta, al mismo tiempo, hay un enorme esfuerzo por la reafirmación, parecería que como contrapeso, de las culturas, lenguas y tradiciones de tipo regional. Eso se advierte en Europa, donde se tienden a desdibujar las fronteras de las antiguas naciones y estados y se tiende a la creación, con la cual por lo menos yo siempre he soñado, de una Comunidad Europea, no sólo por tradición y por historia sino porque finalmente es lo único que ha acabado. En fin, está lo de Bosnia ahora, pero, en definitiva, ha acabado con las eternas guerras entre franceses, alemanes y cosas por el estilo, que en el fondo eran casi guerras civiles. Al mismo tiempo esto se vive con un enorme renacimiento de la cultura vasca y de la cultura gallega y de la cultura catalana en España, o de la flamenca en Bélgica, o de la bretona o de la de Córcega, o de las distintas regiones alemanas; es decir, parecería que hay una suerte de compensación que seguramente va a traducirse en alguna forma del bilingüismo, en el cual haya idiomas comunes, fundamentalmente el inglés como lengua franca, pero al mismo tiempo el robustecimiento de las tradiciones locales; parecería que el ser humano, y creo que esto sí es pendular, por un parte, cuando desaparece un poco la frontera de las naciones y estados en Europa (está desapareciendo y espero yo que desaparezca definitivamente), al mismo tiempo renace el gusto por las tradiciones, por la cultura, por las lenguas de las distintas regiones que están amenazadas por la globalización.

En fin, dentro de este marco es que Taquini ubica lo que son los colegios universitarios, con lo cual yo voy a terminar, pero antes quiero señalar, me parece, alguna ausencia o alguna carencia. Taquini me dijo que criticara el libro, por eso yo no es que lo critico sino que señalo alguna ausencia que me parece a mí. Una ya la señalé, que es esto de que simultáneamente con la universalización y globalización de la producción, no hay duda, del mercado, tampoco hay duda, de las comunicaciones, tampoco hay duda, de la cultura también, de todo en fin, esté esta restauración de la cultura y de las lenguas locales y regionales; me parece que lo que falta en la consideración global de Taquini es alguna mención o el tener en cuenta, prácticamente no lo encuentro en ningún lado: las exigencias de la formación universitaria para la convivencia y la formación política, para la convivencia y la formación democrática, para la correlación necesaria entre mercado y Estado, y fundamentalmente para la correlación entre libertad e igualdad. Yo creo que algunas gotas de dos libros que en este momento se están difundiendo mucho en Buenos Aires aportan a estos temas un poco introducidos dentro del libro de Taquini: la necesidad de que la universidad contribuya también a la formación democrática, a la convivencia política, a la vigencia de los derechos humanos;  son elementos que no pueden dejar de estar incluidos o considerados en un plan formativo como el que Taquini apunta para esta función que tienen que cumplir los community colleges. Y también alguna referencia más explícita en relación con el tema de los valores y del pluralismo; y del pluralismo y de aquellos valores que respeten el pluralismo y el secularismo, pero que al mismo tiempo indiscutiblemente requieren algún tipo, yo diría, de coincidencia universal en relación con algunos conceptos básicos que no deben dejar de estar incluidos en cualquier consideración de este tipo. Acá, en la Argentina, hemos asistido, está el Ministro de Educación que lo ha sufrido al lado nuestro, hemos asistido a un debate que yo (perdón por la expresión) considero estúpido, acerca de los contenidos, de los valores o de los elementos de los llamados contenidos básicos gene-rales porque allí se pusieron de manifiesto los distintos fundamentalismos nominalistas que creen ingenuamente que porque se introduce en un texto de esa naturaleza una palabra u otra, un autor u otro, el mundo cambia, las escuelas cambian, los profesores cambian, eso influye de alguna manera sobre los alumnos. No, lo que influye sobre los alumnos, sobre los profesores o las escuelas es el contenido básico de la sociedad cultural, y entonces aquí hay un juego en el cual, a mi juicio, ese tipo de contenidos en cuanto son asumidos por el Estado, tienen que ser evidentemente lo más prudentes posible, porque tienen que respetar el pluralismo y el secularismo de la sociedad contemporánea. Hablo de cada una de las personas o cada una de las familias que son las que eligen o deciden o buscan cómo decidir la educación de sus hijos o los valores sustantivos de su propia formación; entonces, eliminando por supuesto todo tipo de proselitismo o de posición adoctrinante y también, por supuesto, abandonando toda pretensión de posición neutra, porque ni la neutralidad existe ni el adoctrinamiento es un elemento que debe integrar la educación; lo que tiene que existir es el pluralismo, es decir, la exposición de distintas posiciones honestamente referidas. Por lo menos toda la vida yo lo he hecho desde que he sido profesor, y luego sí, la posición de decir: «Yo personalmente pienso esto o yo voté por este y opino tal otra cosa», porque los profesores tenemos derecho a decir, más que el derecho tenemos el deber de decir, lo que pensamos y si eso influye o no sobre los alumnos, será porque esos profesores gozan de respeto o tienen coherencia entre su vida y lo que dicen o lo que fuere; es decir, eso forma parte de la naturaleza de las relaciones humanas, pero alejado, por supuesto, de todo tipo de adoctrinamiento. Pero hay algún tipo de valores comunes. Yo sobre esto, porque está ausente, me permito recomendar un artículo del académico José Luis Cantini, aparecido en el último número de la revista Criterio, donde él plantea las cosas, a mi juicio, con absoluta claridad, hablando de los contenidos básicos comunes y criticando el esfuerzo del Ministerio, meritorio esfuerzo, pero esfuerzo que deja cicatrices inútiles y que da lugar a que vengan golpes de todos lados, y de los lados más contradictorios, en el sentido de que, cuanto menos se diga de eso mejor, porque en definitiva es un currículum abierto y va a una sociedad pluralista. Es decir, desde el punto de vista de la filosofía educativa, dice él, los valores y los contenidos, los determinan los libros, los textos, la cultura, la sociedad, los medios de comunicación, los padres de familia en relación con sus hijos y los educandos, cuando ya son mayores, en relación con su propia formación personal y los profesores en la medida en que exponen honestamente las distintas posiciones y exponen también las suyas propias. Pero, lo importante, dice él, es la filosofía jurídica en la educación. ¿Cómo hace el Estado para garantizar ese pluralismo?, ¿cómo hace el Estado para que efectivamente ese pluralismo pueda tener lugar? Y claro, ahí hay que respetar el que haya unos valores, que creo que Alberto Taquini (hijo) no señala en su libro, algunos valores que sean comunes a toda la sociedad porque la sociedad, como tal, en determinado momento histórico los ha elegido, como en este caso pueden ser el de la tolerancia, el del gobierno representativo, el del gobierno constitucional.

Yo creo que el ejemplo más típico, más clásico, estuvo dado en 1948, cuando después de la hecatombe del holocausto de Hitler y de la matanza de Stalin y de los 60 millones de muertos de la Segunda Guerra, por primera vez en la historia, la humanidad logró un documento universal que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, del 10 de diciembre de 1948. Jacques Maritain sacó entonces un artículo, que está reproducido en uno de sus libros y que Cantini cita, bastante conocido, en el cual señala que por primera vez se llega a esa declaración de tipo universal en valores que aparentemente son comunes para toda la humanidad, en ese momento histórico y como reacción contra lo que había ocurrido, a pesar de que quienes arriban a esos valores comunes provienen de filosofías, religiones y posiciones políticas diferentes, pero que sin embargo hay un marco común. Entre nosotros, la Constitución, la Ley Federal de Educación y la Ley de Educación Superior son absolutamente prudentes, pluralistas, pero al mismo tiempo rescatan esos valores comunes y yo creo que los community colleges deberían indudablemente acentuar esos aspectos y esto debería decirse.

Finalmente, en relación con los colegios universitarios, me parece que es una estrategia válida y promisoria; no la única, sobre todo por la inserción del terciario no universitario y sobre todo por el papel que esto va a tener en el campo de la formación docente.

Cuando yo actué de manera más o menos decisiva, aunque criticable, como algunos presentes me recuerdan, en materia de elevación de la formación del docente primario, tenía la esperanza o la ilusión de que las universidades aceptaran ese reto y que, aunque el sueldo no permite más años de estudio, también asumieran la formación de docentes primarios, aunque sea con esa carrera de dos años que, vuelvo a repetir, sola sin duda alguna ya no es lo adecuado en estos tiempos, pero que en la Argentina no puede ir más allá porque el sueldo de un maestro primario no alcanza para que una persona estudie cuatro años. Pero en definitiva las universidades no aceptaron esa posibilidad, ese reto, más bien persistieron estos institutos. Pienso que los community colleges están en mejores condiciones de lo que estaban las universidades; yo soy completamente contrario a esa idea absurda de la creación de una universidad pedagógica o cosa por el estilo.

También esto se vincula mucho con el sistema de ingreso, que es otro tembladeral en el cual nosotros estamos en este momento inmersos. Todos sabemos que esto no tendrá solución hasta que no haya un mejoramiento real de la calidad y de la pertinencia de la educación media, ahora con la nueva ley de educación, la educación polimodal: esperemos que esto se vaya orientando adecuadamente.

Para terminar, yo creo que esto es una estrategia lúcida, una estrategia conveniente, pero que, como todas las cosas y, sobre todo, como todas las determinaciones públicas en la Argentina, requiere de una cuidadosa ejecución. Todos los que tenemos algunos años aquí, tenemos la experiencia de iniciativas teóricamente acertadas y felices que luego tienen una tan desastrosa ejecución, que finalmente arruinan los ideales o las instituciones más promisorias. Es decir, los community colleges, tal cual se los plantea en este libro, como una nueva etapa de la formación universitaria y, al mismo tiempo, como una salida laboral, o ambas cosas, o diferentes o combinadas, o como se quiera, como una forma de rradicación de los estudiantes, como una forma de expansión de la educación superior, asumiendo incluso la investigación y dejando, sin embargo, el grueso de la investigación a las universidades, pueden ser una solución feliz al problema irresuelto del ingreso a las universidades, en virtud del notorio deterioro de la educación media. De manera tal que, desde este punto de vista, creo que las consideraciones que él hace son adecuadas; pero, vuelvo a repetir, el mayor peligro que yo veo en esta iniciativa, es el de una deficiente, y a veces, peor que deficiente, puramente ritual, para no decir perversa o puramente interesada en cuanto a los beneficios inmediatos que pueda traer, ejecución.

Si esto crea un clima en el cual municipalidades, provincias, el Estado nacional, comunidades de todo tipo, parroquias, obispados, confesiones religiosas, instituciones de bien público, culturales, etcétera y sectores productivos, empresarios y sindicales realmente hacen un esfuerzo para impulsar, y al mismo tiempo esto está conducido o regido por personas que más o menos saben lo que hacen y qué es lo que quieren, el tema de los colegios universitarios puede marchar. Habría que formar, no sé cómo llamarlos, algún tipo de formadores, comunicadores o apóstoles que recorran el país con alguna formación esencial de los community colleges, los que comenzarán a surgir respetando las circunstancias locales de cada sitio y lugar, y resguardando, al mismo tiempo, ciertas garantías básicas de calidad, que tal vez podrían ser dadas a través de algún mecanismo privado o público, voluntario u obligatorio, de evaluación y de acreditación. Gracias.

 

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