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Presentación del Estudio

Nuevas universidades para un nuevo país y la educación superior 1968-2010

del Dr. Alberto C. Taquini (hijo)

Palabras de los doctores

Marcelo Vernengo, Roberto Cortés Conde, la senadora Norma E. Morandinni, los Diputados

Adriana Puiggrós, y Eduardo Amadeo, ausente del país, representado por Roberto Candiano 

Auditorio de la Honorable Cámara de Diputados del Congreso de la Nación Buenos Aires 25 de octubre de 2010

Habla el Dr. Roberto Cortés Conde*:

Buenas tardes. Nos reúne acá la presentación de este libro de mi amigo y colega, el doctor Taquini, que refleja, no sólo su preocupación durante años por los temas de la educación, educación superior, sino su constante actividad en la materia desde hace tiempo.

Parte del libro transcribe una de las sesiones que tuvo lugar en la Academia Nacional de Educación en la que, hace bastante tiempo, el doctor Emilio Mignone recalcaba esta característica de la personalidad de Taquini: «es una persona que insiste en el problema, vive pendiente de eso, habla con todo el mundo, trata de producir reforma. No solo es un hombre que ha estudiado los temas, sino que ha participado de las reformas y, además, insiste en ellas». Por eso yo creo que este libro que refleja una serie de trabajos que ha hecho Taquini, artículos, entrevistas, notas, etc., es una excelente contribución a una necesidad que tiene este país en este momento de plantearse seriamente el problema de la educación superior.

Por supuesto el problema de la educación general es más complejo, pero en este caso tratamos el problema de la educación superior. ¿Y por qué es esto? Yo quisiera hacer algunas pequeñas reflexiones sobre la importancia del tema.

En el siglo XIX, un pensador alemán, filósofo, Carlos Marx, descubrió un fenómeno social nuevo que había aparecido ya en el siglo XVIII en Inglaterra: la organización del trabajo en fábricas. Hubo un nuevo tipo de organización social y a partir de ello desarrolló una teoría, equivocada o acertada, pero que ha tenido un impacto enorme en el mundo. ¿En qué consistió? En que él vio un cambio radical, en el hecho de que se había producido un cambio social. Una sociedad que trabajaba en una forma distinta porque existía algo que, en la tecnología de esa hora, eran las máquinas. O sea, no era la sociedad de siglo XVIII, que dependía básicamente de la tierra, sino una sociedad que dependía del capital y, además, donde los artesanos, los hombres que hacían su trabajo con sus propias herramientas de trabajo, ya no tenían sus propias herramientas, sino que dependían de aquel que tenía el capital. Éste era el mundo del capitalismo que desarrolló Marx y que lo llevó a la convicción de que la misma tecnología iba a crear la muerte de ese sistema, porque la tasa de ganancia, a medida que la tecnología aumentaba, iba a ser cada vez mayor en relación a los salarios que tenían los trabajadores, que eran los que consumían los productos que el capital producía. Esta segunda parte, en la historia, no fue así. En el mundo, en el siglo XX y en lo que va del siglo XXI, empieza a haber otro tipo de manifestación social muy distinta, que cambió, inclusive, las nociones que se tenía de la economía. No sólo los puntos de vista de la economía en el sentido marxista, sino en la economía neoclásica que planteaba un límite al crecimiento de las sociedades, en la economía que dependía de que a medida que se agregaban nuevas unidades de capital, el rendimiento marginal iba a ser cada vez menor, por lo cual iba a haber menos inversión y las sociedades estaban condenadas a, prácticamente, una situación de estancamiento. Entre otros, el premio Nobel de economía Robert Lucas agregó otra cosa completamente nueva: «es cierto que si se agrega una unidad más de capital, cada vez que haya más capital va a haber un rendimiento menor, pero el conocimiento no tiene límites». El conocimiento puede acumularse y se ha acumulado en la historia del mundo. Nosotros tenemos bibliotecas y tenemos acumulada la tecnología; hoy que está en esa forma impresionante (Internet) a nuestra disposición y de todo el mundo, son siglos en que hemos ido acumulando conocimientos, y la adhesión de una unidad más de conocimiento no crea un rendimiento decreciente, al contrario, crea un rendimiento creciente.

Ésta es la gran importancia que tiene la educación para la sociedad, y en este caso mucho más para la educación superior, que es la que va a contribuir para generar y transmitir ese conocimiento. Las sociedades que progresan, las sociedades que pueden desarrollarse en el futuro, son esas sociedades que se acercan a las fronteras del conocimiento, y no sólo los países más desarrollados. Una de las ventajas que tiene el conocimiento, a diferencia de las máquinas, es que las máquinas son -como decía Marx- de los capitalistas, pero el conocimiento tiene una dimensión enorme de bien público. Finalmente, todos somos, hoy en día, beneficiarios de esa enorme tecnología que se desarrolló como un subproducto de los conflictos bélicos, de toda la maravillosa tecnología de la informática, de la computación y una serie de cosas más.

Las bibliotecas han seguido acumulándose. Nosotros no seríamos lo que somos sino porque, cuando aprendemos a leer, tenemos todo el conocimiento que querramos a nuestra disposición. Pero para adquirir el conocimiento más adelantado uno requiere ser educado, requiere conocer los códigos por los cuales uno entra a este conocimiento y éste es el problema de los países que no desarrollan o no generan un centro del conocimiento, sino que solo pueden recibirlo, que se llaman, en teoría, «en crecimiento». Acercarse a la frontera de ese conocimiento de la tecnología depende de conocer y adoptar los códigos que la regulan. Y eso nos requiere estar en un constante proceso de acercamiento, que está cada vez más a nuestra disposición.

El sistema de educación superior es un sistema básico, pero no es lo único. La educación básica tiene probablemente una importancia mayor desde el punto de vista de la equidad, desde el punto de vista también del desarrollo personal, del desarrollo social. Pero desde este punto de vista la educación superior es central y es fundamental frente a esto ¿Cuáles son los problemas que nosotros tenemos en nuestro país para poder acercarnos precisamente a ese objetivo en este mundo tremendo? El cambio lo ha planteado en su propio libro el doctor Taquini, es el de un mundo cada vez más globalizado. Globalizado en ese sentido de que nadie puede quedarse con el conocimiento, ya que el conocimiento es un bien público, eso es lo extraordinario. Uno puede llegar a saber todo o casi todo lo que existe y se produce en el mundo.

Bajando al tema de los problemas que discute el doctor Taquini, yo quiero referirme a dos propuestas que hacen para mí al centro de la acometida contra los problemas actuales que tiene la educación superior en Argentina y que son un obstáculo, precisamente, a estos objetivos que yo estoy señalando. El primero, que me pareció tremendamente importante, es el desarrollo a través de todo el esfuerzo y trabajo de un Taquini pensador y actor; es el trabajo sobre las nuevas universidades con el primer proyecto que elabora en Chilecito y que va a la creación de la Universidad de Río Cuarto. Eso me parece ya fundamental para equilibrar territorialmente las tremendas desigualdades que existen en nuestro país. Esto apunta hacia ese federalismo que casi no existe en nuestro país, y el problema de la enorme concentración poblacional. El problema no es sólo el del brain drain exterior, la migración de talentos hacia afuera, la migración de talentos desde ciudades importantes, pequeñas, medianas y pequeñas del interior hacia los grandes centros, con la pérdida, entonces, de las personas más capaces, las personas que pueden desarrollar nuevas tecnologías, nuevas condiciones.

Yo creo que, independientemente de los resultados que son parte de un problema general de la educación superior en el país, él ha apuntado a una cosa que es central para el desarrollo del país, y que tiene que ver no sólo con la educación superior, sino, también, con un problema de federalismo fiscal, es decir, si no hay una economía en la que las provincias puedan desarrollar sus sectores productivos en una forma progresiva y adelantada, las universidades tampoco podrán mantener ese tipo de relación. Y una de las cosas que uno ha visto y es parte de los problemas que han pasado en el país es que, independientemente de las universidades, probablemente el mayor desarrollo tecnológico que ha habido en el país en los últimos años, que curiosamente lo da a cuenta la revista The Economist para todo el mundo, aunque la refiere sólo al Brasil, haya sido la puesta en práctica de sistemas de cultivo con labranza directa y las tecnologías que tienen que ver con las semillas transgénicas. The Economist saca un titular en la portada refiriéndose a Brasil, pero eso nacía en la Argentina también, esa fue la gran revolución tecnológica en Brasil, que levantó los pueblos del interior y llevó gente capacitada, ingenieros agrónomos, gente que trabajaba en eso; desarrollaron entonces esta cosa que Taquini con las universidades nuevas y las universidades en las provincias, trata de promover.

Hay otro problema, al que ahora voy a ir, que tiene que ver con lo anterior, y es el segundo aspecto que toma Taquini y quiero desarrollar; es el de los colegios universitarios. Yo decía, al principio, que tenemos que dar una respuesta a estos problemas que nos plantea el mundo para que la Argentina crezca. Esa respuesta está condicionada por una serie de problemas económicos y sociales que tiene el país en los últimos años; no sólo acá, en América Latina y en el mundo, ha habido una demanda creciente por la educación superior. Nosotros hemos llegado al hecho de que cada vez hay más personas que quieren educación superior, y eso está bien, no les podemos decir que no. El número de inscriptos en las últimas décadas en la matrícula universitaria es superior al crecimiento, a la tasa de crecimiento de la población del país; es decir, hay cada vez más gente que quiere acceder a la educación superior, y eso está bien. Pero esto plantea el primer problema que uno se encuentra cuando tiene que hacer frente a los problemas de la universidad: el problema es la masividad ¿Está mal la masividad? No, pero no tiene nada que ver con el hecho de que todo el mundo vaya a la universidad.

Todo el mundo quiere participar en una educación postsecundaria pero eso no tiene necesariamente que ver con la universidad. Y esto viene al planteo que hace, y me parece central, y me parece la parte más importante en este trabajo de Taquini, que es el de los colegios universitarios. Es un disparate total que todavía sigamos con un modelo universitario que viene de la universidad de Humboldt, donde ya tampoco existe suficiente investigación. Las universidades están cada vez más llenas de gente y con problemas financieros y de gestión enormes. Esto tendría que resolverse con un modelo distinto. En los Estados Unidos, por ejemplo, la universidad de tipo Humboldt, la Reserve University, la universidad de investigación, va reduciéndose; es decir, hay una serie de lugares, no sólo los Community College, hay una serie de universidades estatales en Estados Unidos que cada vez más le dan influencia a las demandas locales y están dejando para pocas universidades la dedicación a las cosas más abstractas, a la investigación pura, a esas cosas que requieren una enorme cantidad de recursos. Pero en Argentina, todavía tenemos, decía Brunner, un estudioso chileno, carreras larguísimas y con el problema que, con esas carreras larguísimas, tenemos un fenómeno de deserción tremendo.

Ahora, esto apunta a que si nosotros aumentamos, por un lado, la cantidad de alumnos y no logramos que estos alumnos completen su carrera universitaria, tenemos un problema de costos tremendos, estamos preparando un esquema universitario para un montón de gente que nunca se va a recibir. Acá hay un problema de eficiencia, y entonces el tercer problema que tiene es que, como además no tenemos suficientes recursos para esto, tenemos un problema de calidad. El problema con los servicios es que uno puede dar el servicio a cualquier cantidad de gente, pero puede ser de buena o mala calidad. No es un problema de cantidades, sino un problema de calidades. Y el problema, yo quería mostrarles y les iba a traer en unos gráficos que preparé para una publicación que va a salir dentro de poco que ya tiene dos años de antigüedad, estos datos tienen que ver con la presentación que hice en el año 2005 que dice lo siguiente: «en la Argentina un diez por ciento de la población, entre veinte y sesenta y cuatro años está matriculada en alguna institución terciaria, mientras que en Brasil es el cuatro por ciento, en Chile es el siete por ciento, en Francia es el seis por ciento y en España es el siete por ciento». Es decir, la cobertura Argentina es mejor que en otros países de América Latina y otros países de Europa. sin embargo, para esa misma población el porcentaje de graduados es de cero coma cuatro por ciento en Argentina, contra cero coma seis en Brasil, uno coma uno en Chile y uno coma uno en Francia. Es decir, mientras nuestra proporción matriculada es mayor que en los otros países, nuestra proporción de graduados es menor. Esto nos da una relación de graduados como porcentaje del total descrito del siete por ciento en la Argentina, del catorce por ciento en Brasil, del veintidós por ciento en Francia, del quince por ciento en España. Acá tienen ustedes el problema central de lo que está pasando. Para eso, yo creo que la propuesta Taquini, es una propuesta central para hablar. Reencaucemos el ingreso; tenemos que crear otras instituciones que durante dos años le den la posibilidad de desarrollar sus iniciativas, sus ambiciones de una educación terciaria, una educación superior, y que si lo resolvemos, desde el punto de vista de calidad, etc., esa persona, como ha pasado en Estados Unidos, puede pasar de ese Community College a una universidad y seguir desarrollándose.

Pero no puede ser que nosotros tengamos carreras en la facultad de arquitectura, existe la carrera de arquitecto, todos la conocemos, y se creó una nueva carrera que tiene una gran demanda hoy día, que es diseño industrial, que tiene los mismos años que la carrera de arquitecto, es una pérdida enorme de recursos, y ahí planteamos el otro problema que es «la calidad» y sus derivaciones del  «financiamiento»: hubo una entrada masiva de ingresantes al sistema de la educación superior, sin la cantidad de recursos suficientes para responder a eso, y eso significó una caída de la calidad que se puede medir por distintos indicadores, pero yo lo mido en uno que he sacado de la publicación del Ministerio de Educación sobre datos de la Universidad de Buenos Aires, donde sólo el once por ciento de docentes, no de profesores, de docentes, en la Universidad de Buenos Aires tiene dedicación de tiempo completo, obviamente eso tiene mucho que ver con la calidad de la educación. Esto nos lleva al problema del financiamiento y a afrontar una cuestión que yo creo básica: ¿podemos seguir asegurando educación universitaria gratuita a todo el mundo? Hay que resolver esto de alguna forma. Esto simplemente no es agregar más al presupuesto público, y acá hay un tema de equidad: ¿qué hacemos con la gente que no tiene recursos?, pero el problema, a diferencia de lo que pasa en la educación básica es que, mientras todo el mundo tiene acceso a la educación pública gratuita, la gente que entra en la educación pública gratuita es gente de ingresos más altos; la gente de ingresos bajos y medios bajos es una proporción mínima en relación a la gente que está en la universidad, entonces esto hay que resolverlo. ¿Por qué?, porque lo que sí hay que hacer, que se ha hecho en otros casos y que se ha hecho en algunas universidades de Estados Unidos, es asegurar que la gente que no tiene ingresos y que tiene talento y condiciones, capacidad de carácter para seguir una carrera larga, que esté becada totalmente, porque esa gente más pobre no deja de ir a la universidad porque la matrícula es gratis, no va a la universidad porque tiene que trabajar.

Entonces, lo que tenemos que hacer es establecer un sistema que permita precisamente asegurarnos de ese talento de la gente pueda crecer. En la universidad de Harvard, en Estados Unidos, no rechazan a nadie que entre en los estratos más altos de las competencias porque no tengan recursos. Es decir, la educación en este sentido, en esta parte, es un bien público. La educación tiene una parte que es un bien público porque los ayuda a todos, pero otra parte que es bien privado, porque un abogado o un contador, de la educación que obtiene, gana dinero y puede entonces repagarlo a la universidad. Pero, ¿cuál es el sistema?, que haya préstamos a los estudiantes. Hay toda una serie de variantes, pero es un tema que tiene que enfrentarse porque no tiene, sino, solución. En el estado actual, esto nos lleva a un deterioro creciente, que no es un problema de hoy, es un problema ya viejo, pero que me parece, y volviendo entonces al principio, que el planteo de los colegios universitarios de Taquini es el principio para entrar a enfrentar este problema que tiene, como ustedes han visto en el desarrollo de lo que yo he planteado, connotaciones de diversa naturaleza y que es de una importancia extraordinaria. Gracias.

* El Dr. Roberto Cortés Conde es miembro de número de la Academia Nacional de Historia, profesor emérito de la Universidad de San Andrés, distinguido especialista en Historia Económica Argentina, fue jefe de asesores del Ministerio de Educación de la Nación.

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